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La Navidad del Solsticio

El Solsticio de Invierno, El origen de la Navidad

Cuando la Navidad llegó el mundo ya había empezado. En las ciudades la noche se convierte en crepúsculo de guirnaldas y estrellas, descienden del cielo a los semáforos y en las casas estallan las luces coloreadas de los árboles y belenes. Todos queremos olvidar la crisis y compramos generosos, buscamos compartir alegría, esperanza y buena voluntad. Pero por las junturas de la fiesta suele colarse una sombra de melancolía, a veces mal digerida, con exceso de comida. Navidad es una fecha que a muchos deprime, donde el vacío de los que ya no están o el presentimiento de la partida próxima acecha, donde el sentido de la vida y el amor se ponen a prueba.

Navidad tiene una raíz más antigua que nuestro actual calendario. La palabra “Navidad” viene de natividad, nacimiento. “Nacer”- dice el diccionario- “tomar principio una cosa otra”. Nacimiento es el surgimiento, desde lo antiguo, de algo nuevo. “Nuevo”: “lo que sobreviene o se añade a lo que había antes”. En los últimos días de Diciembre se superponen tres fechas significativas: el solsticio de invierno, la noche buena, y la noche vieja que da entrada al año nuevo. Y las tres con un mismo significado: nacimiento, muerte y renovación.

En la Europa megalítica, en África y Oriente Medio, en India, China, y la antigua América las culturas primarias observaron la declinación del sol en el horizonte. Y casi todas celebraron un momento especial del curso solar: el Solsticio de Invierno. El sol amanece y se pone, con un desplazamiento progresivo que oscila entre los dos extremos del horizonte, como un gran péndulo de fuego que baila entre el solsticio de verano y el de invierno, entre la noche más profunda y el día más largo de este ciclo que llamamos año solar. Desde tiempos antiquísimos hicimos coincidir el solsticio de invierno con el nacimiento del nuevo año. Tras la noche del solsticio, los días comienzan a alargarse. Los mayas, en la América milenaria, marcaban este día en su arquitectura. Los egipcios construían sus inmensas máquinas del tiempo ajustadas a ese primer rayo de sol. Los círculos anuales de los grandes megalitos tenían una piedra preferente esperando al sol de ese amanecer. En túmulos impresionantes, como Newgrange en Irlanda, el sol de ese día especial penetra por la estrecha hendidura de la piedra, recorre un largo túnel angulado con precisión e ilumina por unos breves instantes la cavidad oculta donde reposa la memoria de los antepasados y la esperanza del nuevo año agrícola. Comenzábamos a desarrollar la agricultura y a ser capaces de predecir los ciclos de la naturaleza. Los romanos festejaban el nacimiento del Sol en el mismo momento del ciclo anual en que hoy celebramos Navidad, ese era el comienzo de un año con faustos que duraban una semana. Cuando el Imperio se convirtió al Cristianismo, la antigua fiesta del nacimiento del Dios Sol se convirtió en la natividad del Cristo Dios. La mayoría de los eruditos está de acuerdo en esta transposición cultural.

Las civilizaciones desarrollaron sus peculiaridades sobre costumbres que venían de antes. Navidad, Solsticio, era también el comienzo del año nórdico. El árbol navideño, tan extendido, es una costumbre pagana, señala el renacimiento o despertar de Wotan, sacrificado durante nueve días en el fresno Ygdrassil para obtener el conocimiento de las runas y ser liberado como un nuevo dios. El Árbol de la Vida, lleno de dulces y alimentos, aparece en las primeras culturas agrícolas junto a costumbres como la de alimentar a los seres espirituales del bosque, duendes y otros, que visitan a los humanos con el recuerdo de sus antepasados. La adoración a los árboles, común entre los europeos primitivos, perduró después de la conversión de estos al cristianismo, también la costumbre extendida de decorar la casa y el granero con plantas de hoja perenne, el uso decorativo del verde que simboliza la posibilidad de nuevos frutos, cosechas y alimentos tras la escasez. Verde era el color original de ese duende del bosque que es Santa Claus, verde que simboliza la esperanza en la resurrección de la naturaleza, en el nacimiento de un nuevo ciclo tras la penuria invernal.

En estas antiguas culturas el solsticio de invierno era una fiesta ligada a la comida. Comer hasta el hartazgo. Y aún hoy ¿por qué seguimos comiendo mucho más de lo que necesitamos? Hace miles y miles de años, en el albor del tiempo, ya estaba la impronta de lo que todavía solemos hacer. En aquella época no había centros comerciales ni supermercados, no había nevera ni comida en lata. Vivíamos del fruto de cada día. En la época de recogida había abundancia, pero después venía la escasez y el frío. Nuestros cobijos eran precarios. El fuego se conservaba con esmero. Las ropas no se cambiaban fácilmente. El invierno era el gran predador de los más débiles, ancianos y niños experimentaban su rigor. Durante el otoño el clan familiar se organizaba para el cruce del gran frío, tejían sus ropas y unían sus cueros, juntaban la leña para conservar el fuego. Los más sabios, los que transmitían sus antiguos conocimientos, observaban la orientación y el ángulo de las sombras. Se cree que los primeros calendarios se hicieron con estacas clavadas en el suelo, palos que posiblemente remedaban la sombra de los árboles y la huella del astro rey. Pasó muchísimo tiempo antes que sustituyéramos esas estacas por las grandes construcciones y calendarios de piedra. Al comienzo todo era más perecible. La cultura es información y organización que pasa de una generación a otra. De ciclo en ciclo vamos afinando nuestra comprensión de la realidad y, quizás, mejorando nuestra capacidad de sobrevivir. Del hominido que recolecta y caza al agricultor que apunta ciclos.

Así trabajaba el clan preparando los suministros de emergencia. Acumulaban frutos y semillas secas en sus primitivos graneros: lo que devendría en pan de navidad. Con la vendimia recogida fermentaban su mosto y guardaban calorías para el invierno: el cava que alarga la vida y alegra la fiesta. La leche cuajada con miel se transformaba en alimento no perecible: de aquí saldría el rico turrón con almendras y avellanas. La carne seca al sol se conservaba bien, lo mismo que el pescado salado. Son los típicos alimentos de navidad, las antiguas reservas que ingeniamos para soportar la escasez.

A medida que el otoño avanza los días se hacen cada vez más cortos. Cuando la tierra se enfría y la recogida ha terminado ya saben que el sol declina hacia el invierno, que viene el tiempo duro. Los ancianos anuncian que llega el solsticio, que viene la Navidad. Es una doble señal. Alarma y esperanza. Alarma: porque los alimentos han comenzado a disminuir. Esperanza porque saben algo importante: al día siguiente, a pesar de hacer más frío, los días comenzarán a estirarse, que poco a poco la tierra volverá a calentarse, que brotará una nueva primavera. Y recuerdan que hay ciclo y solsticio, que de la noche más larga renace una vez más el Dios Sol, el que da la vida.

Y en honor a la vida, sabiendo que a las puertas del invierno todos arriesgan la existencia, se brindan unos a otros un banquete hasta la saciedad. Comen y beben lo que el cuerpo aguante. Saben que el mejor lugar para conservar calorías es la grasa corporal, atiborrar la despensa, comer el exceso de Navidad, cuando no sufríamos exceso de colesterol. Quieren llegar a la nueva primavera y agrupados en torno al fuego cantan a la vida. Se miran a los ojos y se desean lo mejor. Se abrazan y se hermanan. El amor es anterior a las doctrinas. Pero también experimentan el presentimiento de la partida, la consciencia de su fragilidad, la impermanencia, a veces dolorosa, de los ausentes. Por más grande que sea la fiesta, siempre alguien o algo faltará, y quizás de esa ausencia nazca el frío de la melancolía que a muchos amarga la noche. El solsticio de invierno es la señal de crisis que marca la entrada al invierno. Le precede esta gran comilona.

Así cruzábamos el océano del tiempo. Con sentimientos a veces contradictorios, como el día y la noche, que solo se confunden en los arreboles del crepúsculo, o en las pálidas y alargadas sombras del amanecer. Cuando llegan estas fechas, sea cual sea nuestra creencia, nos recordamos unos a otros que la buena voluntad y la calidez del amor son buenos para sobrevivir. Quizá por todo esto nos ponemos a comer más de la cuenta, y nos deseamos con más generosidad que de costumbre ¡Feliz Navidad! Pero olvidamos rápido, el invierno aprieta y la crisis se extiende. Ojalá la tengamos todos: ¡una buena Navidad! Y ojalá podamos conservar y hacer crecer el Espíritu y la Generosidad de nuestros mejores ancestros. Generosidad, en medio de la abundancia y el consumo obsesivo. Generosidad, también, en medio de los rigores del invierno de esta economía ciega, más propensa a la usura y al egoismo que a la solidaridad. Generosidad, en lo pequeño y en lo grande. Generosidad, en los pequeños y en los grandes. Ojalá.

Francisco Bontempi
Médico y Psicoterapeuta.

http://www.franciscobontempi.com/

19-12-2012